Grupo Marta y Berta, El pasado 11 de noviembre el nivel de 1º de bachillerato tuvimos la sesión “Andar en Bicicleta con Dios”, en ella se les invitaba a los chicos a dejarse llevar por el Señor, a confiar en él a ciegas a pesar del miedo, los obstáculos y las preocupaciones que pudieran encontrar en el camino.
Fue un viernes en el que Jesús se hizo más presente que nunca, no sólo a través de su Palabra, sino por la disposición que tuvo el grupo a la hora de sincerarse con respecto a su fe.
Les hicimos una pregunta sencilla: “¿En qué momentos has sentido que Dios estaba pedaleando contigo en la bicicleta?”. Al principio contestaron con momentos de dificultad en los que la fe les había dado la fuerza para continuar. Hablaron de enfados con Dios, de miedos, de dudas… pero siempre terminaban con la misma reflexión: confié en ÉL.
Conforme íbamos haciéndoles recapacitar más en esos momentos de encuentro se dieron cuenta de que Dios no solo les acompañaba en las pendientes, sino también en los momentos de máxima felicidad de su vida: hablaron de cómo veían reflejado a Dios en las palabras de su abuelo, en la sonrisa de su hermana, en la atención de su madre, en ellos mismos.
Acto seguido, hicimos un juego en el que dos voluntarios debían obedecer a la orden de sentarse y levantarse de una silla que tenían detrás. Previamente se les vendó los ojos a cada uno para que no pudieran comprobar físicamente que la silla seguía allí. Mientras los voluntarios esperaban oír la orden, una parte del grupo se reía, mientras que la otra decía: “¡se van a caer! ¡qué malas!” De manera que se generara desconfianza en ambos niños. Sin embargo, para nuestra sorpresa, se sentaron en todas las ocasiones sin importarles lo que los demás comentaban, ya que decían sentirse muy seguros porque confiaban en nosotras y sabían que no íbamos a dejarles caer.
Todo ello, lo relacionamos con la confianza en Dios y cómo en diversas ocasiones no somos capaces de ponernos en sus manos, aún sabiendo que Él tampoco nos quitaría “la silla” del camino.
Por último, les explicamos la diferencia entre actitud pasiva y activa; mientras que la primera consiste en dejar que la solución de los problemas dependa de Dios, la segunda implica todo lo contrario, es el propio individuo el que cree ser el único dueño de sus logros y triunfos. Llegamos a la conclusión de que ninguna de las dos era la adecuada, pero cada uno de ellos comentó con cual que se sentían más identificados.
La mayoría reconocieron tener una actitud pasiva sobre todo en sus familias, y fue a partir de aquí hasta que termino la sesión, cuando empezamos a comentar algunas situaciones familiares y preocupaciones personales.
Ha sido sin duda, una sesión que no los ha dejado indiferentes, y en la que además supieron buscarle relación con temas que actualmente les afectan desde su confianza y actitud con el de arriba.
Terminamos con un texto bíblico que resume lo hablado y vivido el pasado viernes: “En ti confían los que conocen tu nombre, porque tú Señor, jamás abandonas a los que te buscan” Salmos 9:10

