Con motivo de la conmemoración de la muerte de Mahatma Gandhi, desde 1964 se celebra el 30 de enero el Día Escolar de la No violencia y la Paz. Un día de celebración y de concienciación que la UNESCO reconoció en 1993 y que tiene por objetivo convencer a los más jóvenes de la necesidad de vivir en un mundo tolerante y solidario, en el que se respeten los Derechos Humanos y se impongan la no violencia y la paz. El propio Instituto Nacional de Tecnologías Educativas y de Formación del Profesorado, inserto en el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, recoge un lema para este día: “amor universal, no-violencia y paz. El amor universal es mejor que el egoísmo, la no-violencia es mejor que la violencia y la paz es mejor que la guerra”.
El día 30 de enero solemos recordar las figuras del propio Gandhi, Martin Luther King, Madre Teresa de Calcuta, Nelson Mandela, San Juan Pablo II o, incluso, el actual Papa Francisco. También en los Grupos Cordare dedicamos una sesión a conocer la vida de personajes con un modo de vida tan inspirador. Probablemente, el sentimiento que se despierte en la mayoría de los niños y jóvenes (y seguramente también en los mayores) sea la admiración. Admiración que estoy seguro de que irá seguida de un cierto anhelo, un deseo de que en estos tiempos de conflicto, pobreza, división y crisis de valores aparezca alguien dispuesto a dirigir el cambio, a acabar con este sin sentido. Y un anhelo que, en el mayor de los casos, concluirá en frustración. Una frustración más que evidente y lógica, porque la mayoría de los mortales nos vemos incapaces de luchar por la paz con ese nivel de compromiso.
Pero no podemos dejar que este día nos deje este sentimiento, porque no es ese su objetivo. Detrás de esta cadena de sensaciones no hay nada mejor que formularse una de las grandes preguntas de la espiritualidad ignaciana: ¿Qué puedo hacer yo por Cristo? Esas personas que recordamos son santos, cada uno a su manera, pero, ¿cómo puedo alcanzar yo la santidad en mi vida? Dios tiene preparado para cada uno de nosotros una misión para hacer de este mundo un lugar mejor donde vivir en paz y en no-violencia, ya sea en el ámbito familiar, escolar, lugar de trabajo o con mayores perspectivas. Todos tenemos una misión, y conmemorar estas figuras debe servir para recordarnos que debemos seguir percutiendo en ella y, si aún no la hemos encontrado, persistir en la búsqueda porque, tarde o temprano, algo deberemos hacer por Cristo.
Grupo de Julio Jiménez y Juan Cubero

