Buenas,
este domingo la liturgia nos trae los milagros como signos salvadores de Jesús y reflejo de su infinito poder divino sobre el mal y la enfermedad y como liberación frente al sufrimiento, la desesperanza y la limitación humana. Jesús cura de la fiebre y la enfermedad a la suegra de Pedro, la coge de la mano y la levanta, dice el Evangelio. Después miles de personas lo buscaban para ser sanadas por toda Galilea.
Los milagros para que se produzcan necesitan de la fe en el que todo lo cura. Sin esa fe, sin esa búsqueda, sin esa voluntad de encuentro, nos podemos poner de espaldas a la acción salvadora de Jesús. El con sus milagros no solamente sanaba físicamente sino que transformaba la persona en su integridad iluminando mente, sentimientos, voluntad, etc. La hacía caminar, ver, oír y sanar en todos los sentidos convirtiéndola en persona nueva.
Jesús da respuesta al mal y al sufrimiento reflejado en el libro de Job y también, como proclama la carta de Pablo, nos llama a anunciar el Evangelio a todas las criaturas. En nuestra mano también está el sanar a otros con nuestras palabras de aliento y esperanza, nuestro consuelo, ayuda, acompañamiento y compartir. Cuesta entender cómo en los momentos de juicio de los judíos contra Jesús, nadie lo defendiera a pesar de todo el bien que hizo y de sus milagros presenciados por tanta gente. Pero seguro que muchos que creían callaron por miedo, otros no quisieron ver y entender esos signos salvadores por su duro corazón y cómo las autoridades encerradas en sus privilegios no les interesó reconocerlo porque peligraba su poder.
Señor, ayúdame a reconocerte en los milagros pequeños de cada día, a ver y reconocer tus signos salvadores en mi entorno.
Feliz semana y un abrazo, Paco

