Nuestra vida está marcada por lo mejor y lo peor, por miles de pozos sin fondo y otras miles cresta de olas, caminos en los que nos sentimos totalmente solos y vacíos. No necesito escuchar una y otra vez: “No te preocupes, Dios está contigo y te acompaña hasta el final”; eso ya lo sé y para vivir mi fe eso no es suficiente, necesito de personas que me digan que rezarán y que estarán conmigo, que me entienden y que también se han sentido alguna vez así.
Esta sed infinita de encontrar a personas que viven y sienten lo mismo que yo es brutal, porque cada vez tengo más referentes en mi vida, tanto para aprender como desaprender de ellos; al fin y al cabo somos pecadores, sanados por el amor de Cristo.
Es muy difícil que este mundo no te etiquete y prejuzgue por ser un joven creyente, pero más difícil es enfrentarse a eso solo. Muchos nos tachan de retrógradas, de tener una mente cerrada, incluso creen saber tu forma de vivir sin apenas conocerte. Pero ahí están esas personas que yo denomino: salvavidas; que te entienden, que se preocupan…unidas a mí por la fe y el amor de Dios. Con ellos es imposible olvidar el amor infinito e incondicional del Señor, ya que ellos mismos, al igual que yo, somos sus instrumentos: “para que el mundo crea”.
Son personas que me he ido encontrado en experiencias como Guadalupe, la JMJ, la Delegación de Juventud, Campamentos Diocesanos de Gaudium, en el Adoremus…porque también es importante no cansarse nunca de buscar, de tener sed; incluso cuando creemos estar a oscuras sin que nada ni nadie nos ilumine.
Créeme, cuando más me he querido ha sido cuando aprendí a amar sin límites, cuando me he sentido arropada por la fe que yo no tenía pero los demás sí, cuando he hecho cosas enmascaradas en un: no sé para qué, que se acabó convirtiendo en un: sé que para Él.
Mª Carmen Jiménez Serrano y Carmen Villalobos Valero.

