No se me ocurre otra expresión que explique por qué 59 personas de tres colegios diferentes hemos tenido la suerte de vivir EL CAMINO DE SANTIAGO.
Empezamos en el autobús con los nervios típicos de no saber qué nos íbamos a encontrar. Diferenciando claramente a los niñ@s que venían del colegio Calasancio, de Santa Victoria y de San José de Cabra aunque intuyendo ya en las primeras paradas que el grupo no iba a defraudar.
Y así fue, pasaban las etapas y los turistas se convirtieron en peregrinos, los grupos desaparecieron rápidamente y conseguimos una verdadera COMUNIDAD, porque detrás de los “no puedo” individuales siempre había un “SÍ SE PUEDE” colectivo, ¡bien fuerte!, una mano amiga para marcar un “izquierda, derecha, izquierda” y avanzar para que quedase “un metro menos”, una canción más para cantar, un abrazo colectivo, alguna persona “rara, rara, rara…” a la que no le gustaba la Nocilla y cedía su bocadillo… siempre había una persona dispuesta a servir más, a convertir las piedras en huellas, aprendiendo que era esa palabra tan extraña, “austeridad”, que ya salía en las ermitas y que cobraba sentido cada día.
Y por supuesto peregrinamos para renovarnos, porque no llegamos siendo las 59 personas que salieron de Córdoba y que iban a hacer el Camino sin más, llegamos siendo una sola, una sola comunidad que peregrina, porque “ESTABA DE DIOS”.
«Tú no haces el Camino, el Camino te hace a ti». Más de uno se extrañará, alguno que otro hasta se reirá acordándose de sus ampollas o de su dolor de espalda. Pero seguro que todos los que hayan vivido esta experiencia estarán de acuerdo en que esta semana ha supuesto un antes y un después en su vida. Quién le iba a decir a un grupo de chicos de 3 y 4 de ESO que se lo iban a pasar bien caminando 20 kilómetros al día, cocinándose ellos mismos, sin móvil y con mucha gente a la que ni siquiera conocían. Todas estas circunstancias que parecían adversidades (o piedras como se dice en el argot del peregrino), han acabado convirtiéndose en oportunidades (o huellas). Ese grupo unido y compacto, que incluso a nosotros nos ha sorprendido, no habría sido posible sin una vivencia como es el Camino, en el que el compartir y el vivir en comunidad se convierten en máximas. A todo ello hay que sumar la experiencia del encuentro con Dios que muchos habrán vivido, especialmente en la etapa del silencio. Una semana culminada con ese gran momento de la entrada en el Obradoiro, todos juntos, con las emociones a flor de piel. Se fueron con una mochila cargada de materialidades y la han traído llena de vivencias y amigos que jamás olvidarán.
Personalmente, cada vez más me doy cuenta de que cada Camino es diferente. Esta era mi cuarta peregrinación a Santiago, la primera como monitor, pero la he vivido como si fuera la primera. Iba además con la motivación de que asistían algunos de los chicos de mi grupo de confirmación, pero he conocido a otras grandes personas que han sido una gran sorpresa.
Muchos volveremos, otros no. Es verdad eso de que el Camino engancha. Con la familia, los amigos, o incluso solos. Cada uno con sus vivencias y necesidades. Al fin y al cabo, el Camino de Santiago es una metáfora del Camino de la Vida. Nosotros elegimos con quién la compartimos, cómo la vivimos, y en nuestro caminar encontramos dificultades, pero también luces que nos guían hacia esa meta, hacia ese Obradoiro de nuestras vidas, que es la felicidad.
Loreto Franco y Julio Jiménez, monitores del Camino 2017

