Buenas,
llegamos al final del año litúrgico y se nos propone un Rey distinto a los de este mundo. Un rey humilde que ha servido a todos, se ha entregado a todos y ha amado hasta el extremo. Un rey cuya corona es de espinas, cuyo trono es la cruz. Un rey cuyo legado es el amor a otros, la sencillez y humildad del pobre, para que nosotros vivamos sirviendo, dando, amando especialmente a los que más lo necesitan. La parábola del juicio final que se nos proclama en este domingo es el encargo que se nos pide. Que al atardecer de nuestra vida se nos examinará del amor. La clave estará en nuestras obras, en lo que hayamos hecho.
Cada persona es hermano o hermana, no es un desconocido de quien no me fío y ante quien mis prejuicios impiden mi acercamiento. El amor no es una exigencia que me viene de fuera. No es una obligación que me impone Dios. Es la exigencia primera y más profunda de mi ser donde habita Dios, de la fuente de donde todo brota, de esa agua que colmará nuestra sed y nos llevará a plenitud. El amor fluye de ahí y Dios mismo me lo pone en el fondo de mi ser.
Feliz semana y un abrazo, Paco

