Nuestro regreso como catequistas a Pedro Abad

Nuestro regreso como catequistas a Pedro Abad

Cuatro años después, volvimos, esta vez como catequistas, a Pedro Abad. Un lugar que, sin ningún tipo de lujos, te hace sentir como si estuvieras en casa.
Llegamos y, al recorrer cada rincón de aquella estancia, vinieron de golpe esos lejanos recuerdos que parecía que uno había olvidado, esos recuerdos llenos de emociones que suelen dejar la experiencia del primer retiro.
Nunca me he considerado ejemplo de nada, mas bien, ejemplo de todo lo malo, pero cuándo decidí ser catequista, mi único objetivo era tratar que esos niños a los que iba a acompañar durante cinco años, no cometieran los mismos fallos que yo he ido cometiendo a lo largo de mi vida; de esos que tanto aprendí y sigo aprendiendo día a día, pero que en su momento, llegaron a doler demasiado.
Un retiro significa para nosotros mucho más que un simple fin de semana con amigos o un lugar dónde pasarlo bien y a la vez reflexionar superficialmente sobre nosotros: un retiro es perderse para luego encontrarse a uno mismo.
Y en esa búsqueda de nosotros mismos hemos intentado comprender que las máscaras que nos ponemos día a día hay que dejarlas dentro de un cajón perdido, que somos seres imperfectos, que lo más bonito es mostrarnos tal y como somos, aceptarnos a nosotros mismos, y que, aún así, nos quieran. Buscar nuestra identidad “desnudos ante el espejo” y a partir de nuestra realidad, preguntarnos quiénes somos verdaderamente y dónde queremos estar y/o llegar.
También nos hemos dado cuenta de que todos somos personas heridas por las situaciones que se han ido dando en nuestra vida, pero que dentro de nosotros hay tantas cosas buenas y bonitas, que merece la pena centrarse en ellas antes de dejarse llevar por los problemas. Hemos ahondado en la familia y hemos vivido con mucha emoción todo eso que hacen ellos por nosotros desde que nacimos, todos esos pequeños detalles que pasan desapercibidos…y hemos concluido que debemos ser menos egoístas y entregarnos con amor y generosidad a ellos en nuestro día a día. Hemos roto con aquello de lo que queremos desprendernos y hemos descubierto qué es lo mejor de nosotros mismos.
Me he sentido tan querido y lleno durante estos tres días, que sería imposible explicároslo con palabras.
Ellos, siempre tan risueños y dispuestos a escuchar, siempre dedicándome una sonrisa;
dándome comida a hurtadillas por las noches, vigilándoles las habitaciones por las noches o mientras charlábamos de sus problemas y les ayudaba en su camino durante las reflexiones grupales y personales.
Dios me llamó para esto y me llenó de Fe para poder acompañarlos, de eso no me cabe duda.
Gracias a todos por este fin de semana, que no olvidaré nunca. Gracias por tantas sonrisas (también por los llantos) y gracias a Él por permitirme el lujo de estar a vuestro lado y acompañaros en esta viaje de la vida. Yo, por mi parte, he dado todo lo que tenía dentro de mí. No me dejo nada dentro.
Ya lo dijo Jesús: hay más alegría en dar, que en recibir.
No dejéis nunca de soñar tan fuerte como lo hacéis.
Nacho Martínez del Rey