Buenas
» no he venido a abolir la ley sino a darla en plenitud» dice el Señor.
Este domingo la liturgia nos presenta cuál es la verdadera ley, la que plenifica y da sentido, la que me da verdadera libertad y quita mis esclavitudes. El Señor no quita aquello que vale pero hace nuevas todas las cosas. Así frente a los que se aferran a lo antiguo o los que quisieran que todo cambiara, el Señor ni conserva ni quita sino que nos abre a un nuevo horizonte guiado por el anuncio pleno de su Reino. Es a Él a quien hay que seguir, a quien hay que escuchar, para descubrir que el Amor verdadero que nos ofrece es lo que nos da plenitud y sentido y que si actuamos guiados por ese amor estamos respondiendo a la ley verdadera que debe guiar nuestros pasos.
Decía San Agustín «Ama y haz lo que quieras», pero no cualquier amor, sino el verdadero el que se demuestra con la vida y el servicio, con la entrega y la renuncia, con el bien del otro o el bien común para todos. El Amor que da todo el valor a la vida humana y la dignifica. Necesitamos la sabiduría del Amor para discernir el bien del mal y actuar en consecuencia. Que el Amor verdadero sea el guíe nuestras acciones, oremos, interioricemos y meditemos siempre sobre ese amor como referencia para saber cuándo estamos haciendo el bien o cuándo el mal se ha apoderado de nosotros aunque esté vestido de colores aparentes y falsos.
Escuchemos la voz de Dios en nuestro corazón y actuemos en consecuencia. Meditemos pues bien nuestras decisiones, lo que decimos y hacemos y seamos coherentes con lo que creemos y no juzguemos marcando a los demás lo que tienen que hacer o no hacer. Ayudemos en todo caso a seguir siempre el bien que habita en cada uno, la conciencia formada y apoyada en la Verdad y tomemos a la Iglesia como Madre y maestra que nos ayuda a buscar y encontrar esa verdad frente a las propuestas falsas del ambiente o el todo vale.
Feliz semana y un abrazo, Paco
Lectura del santo evangelio según san Mateo 5, 17-37
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No creáis que he venido a abolir la Ley y los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud.
En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley.
El que se salte uno sólo de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos.
Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos.
Porque os digo que si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.
Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”, y el que mate será reo de juicio.
Pero yo os digo: todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano “imbécil”, tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama “necio”, merece la condena de la “gehenna” del fuego.
Por tanto, si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda. Con el que te pone pleito, procura arreglarte enseguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez, y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. En verdad te digo que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último céntimo. Habéis oído que se dijo:
“No cometerás adulterio”.
Pero yo os digo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón.
Si tu ojo derecho te induce a pecar, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en la “gehenna”.
Si tu mano derecha te induce a pecar, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero a la “gehenna”.
Se dijo: “El que se repudie a su mujer, que le dé acta de repudio.” Pero yo os digo que si uno repudia a su mujer -no hablo de unión ilegítima- la induce a cometer adulterio, y el que se casa con la repudiada comete adulterio.
También habéis oído que se dijo a los antiguos: “No jurarás en falso” y “Cumplirás tus juramentos al Señor”.
Pero yo os digo que no juréis en absoluto: ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey. Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o negro un solo cabello. Que vuestro hablar sea sí, sí, no, no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno».
Palabra del Señor

