Le abrió los ojos”
Buenas,
en este camino de la Cuaresma, el Señor nos presenta la curación de un ciego mendigo que es toda una catequesis para nuestra vida, todo un relato teológico sencillo que pone de manifiesto lo que significa el encuentro con Jesús y las consecuencias del mismo cuando lo reconocemos en nuestra vida como el Señor de la Vida y de nuestra vida. El Señor no se contenta con sanar físicamente, recobrar la vista, sino que sana nuestra vida entera y la unge como al mendigo con un barro que lleva el Espíritu divino que transforma nuestra vida como así sucedió con este ciego.
La fe de este mendigo cuando reconoce el bien recibido y cree en Jesús le abre a una nueva vida y comienza a mirarla con los ojos de la fe, unos ojos nuevos que ven la vida, las personas, los acontecimientos con otro color, otra vida, otra paz, otra sabiduría, otro sentido y finalidad. Sí porque la fe ayuda a comprender, a percibir y sentir la presencia de Dios en el paso por nuestra vida. Esta luz, esta certeza que lo ilumina todo parte de un encuentro, de una experiencia personal de Dios. Y el que se deja marcar por esta presencia, el que se deja hacer por Dios, encuentra una transformación radical de su vida en todos los planos.
Dejarse tocar el corazón por Dios o en este caso los ojos por Él supone ponernos en camino de un nuevo horizonte donde las cosas se recolocan en prioridades diferentes, donde lo verdaderamente importante adquiere su principal valor. Sí, la fe abre nuevos horizontes, es un don que el Señor da a los que se dejan sanar, tocar, y hacer por Dios…A partir de ahí todo queda transformado y es posible que en nuestra debilidad Él nos haga verdaderamente fuertes y lo que sea imposible para los hombres, Él lo haga posible. Los milagros siguen existiendo en nuestro mundo lleno de noticias desagradables, de injusticias y fracasos. El Evangelio de este domingo nos indica el camino, comencemos a creer en Él y dejarnos transformar por Él con una fe que es luz y que todo lo puede.
Feliz semana y un abrazo, Paco
Lectura del santo evangelio según san Juan 9, 1. 6-9. 13-17. 34-38
En aquel tiempo, al pasar, vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento.
Entonces escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego, y le dijo:
«Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado)».
Él fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban:
«¿No es ese el que se sentaba a pedir?».
Unos decían:
«El mismo».
Otros decían:
«No es él, pero se le parece».
El respondía:
«Soy yo».
Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista.
Él les contestó:
«Me puso barro en los ojos, me lavé y veo».
Algunos de Los fariseos comentaban:
«Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado».
Otros replicaban:
«¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?».
Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego:
«Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?».
Él contestó:
«Que es un profeta».
Le replicaron:
«Has nacido completamente empecatado, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?».
Y lo expulsaron.
Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo:
«¿Crees tú en el Hijo del hombre?».
Él contestó:
«¿Y quién es, Señor, para que crea en él?».
Jesús le dijo:
«Lo estás viendo: el que te está hablando, ese es».
Él dijo:
«Creo, Señor».
Y se postró ante él.
Palabra del Señor

