“Sois la sal de la tierra, sois la luz del mundo”
Buenas,
este domingo la liturgia nos trae dos profundas y preciosas imágenes dirigidas a nuestra vida: ser sal y ser luz del mundo.
La sal tiene que ver con el sabor de la vida, el gusto por las cosas que hacemos y tiene una función importante para evitar (se hacía antiguamente) que se corrompa el alimento. La sal no se ve cuando se disuelve pero se siente al saborear el alimento. Jesús hoy nos pide ser sal para el mundo, para los otros. Nos dice personalmente a cada uno que quiere que seamos sal. Nos está llamando a actuar desde las pequeñas cosas, que nos deshagamos para que todo tenga un sabor agradable, que nos demos en un servicio a los otros, que demos lo mejor de nosotros en cada cosa que hacemos, que hagamos la justicia con los otros y que ayudemos allí donde estemos a dar sabor, es decir a hacer agradable el ambiente con nuestras actitudes de acogida, amor y generosidad. Seamos sal, ayudemos a crear buen ambiente.
La luz ilumina y da sentido, tiene que ver con el saber, con el abrir horizontes, crear esperanza con nuestras palabras, gestos y actitudes. Cuántas veces en nuestra vida hemos necesitado la luz, luz ante los problemas o las adversidades, luz para hacer llegar a otros el mensaje de esperanza y amor de Jesús, luz para iluminar los caminos oscuros de otros, con nuestra palabra, nuestro perdón, nuestra comprensión.
Este mundo, nuestro mundo necesita personas que sean sal y luz, necesita la sal y la luz que solamente Cristo puede dar. De Él recibimos el condimento para ser sal y de Él recibimos la luz que puede iluminar nuestras vidas y la de los otros. Miremos a la verdadera luz que puede hacer brillar nuestras vidas, no para nuestro lucimiento personal como este mundo busca, sino para mayor gloria de Dios. Seamos luz que manifiesta a Dios entre los hombres y seamos sal que transforme el sabor de nuestros ambientes para que sean verdaderas comunidades de vida y amor.
Feliz semana y un abrazo, Paco
Lectura del santo evangelio según san Mateo 5, 13-16
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?
No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.
Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte.
Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa.
Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos».
Palabra del Señor

