“Alegraos y regocijaos, vuestra recompensa será grande en los cielos”
Buenas,
Fiesta del Amor, de la verdadera felicidad, de la plena realización, de la plenitud en la llamada realizada a cada ser humano, de la meta lograda. A eso estamos llamados todos y el Señor nos señala hoy el camino correcto a través de ese hermoso pasaje de las Bienaventuranzas.
Quizás cuesta comprender -como le debió de ocurrir a sus discípulos cuando lo escucharon por primera vez en el sermón del monte- cómo son esas actitudes y comportamientos los que nos hacen verdaderamente felices, máxime cuando este mundo nos presenta otros modelos de felicidad en las antípodas de los que nos propone el mismo Jesús. Es más, habría que decir que las bienaventuranzas son una inversión de los valores de nuestra sociedad y posiblemente de los que estamos viviendo cada uno. Hoy es fácil proclamar que estamos de acuerdo en estos valores, pero otra cosa es vividlos en el día a día, llevarlos a nuestra vida en forma de actitudes continuas y constantes aunque eso suponga rechazo, incomprensión o desprecio.
Sin duda los discípulos comenzarían a comprender todo esto a partir de la propia vida de Jesús que hizo suyas esas actitudes y hoy nos fijamos en todas esas personas que han sido modelos de santidad en la historia y que la han cambiado, pero también en aquellos santos anónimos que conocemos y a los que admiramos por sus actitudes y comportamientos. Todo indica que es posible subvertir estos valores sociales que nos presentan y elegir otro estilo de vida. Todo indica que no es tan difícil dar un giro a nuestra vida y comenzar a ser misericordiosos, limpios de corazón, hambrientos de justicia, pobres de espíritu (humildes), sensibles al dolor ajeno y al sufrimiento ajeno, etc. Y es posible ser feliz si seguimos estos pasos y es posible conocer el verdadero Amor si hacemos nuestras esas actitudes.
Feliz día de todos los Santos.
Un abrazo, Paco
Lectura del santo evangelio según san Mateo 5, 1-12a
En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo:
«Bienaventurados los pobres en el espíritu,
porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados los mansos,
porque ellos heredarán la tierra.
Bienaventurados los que lloran,
porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia,
porque ellos quedarán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos,
porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón,
porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los que trabajan por la paz,
porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia,
porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo».
Palabra del Señor

