“Alégrate, llena de gracia”
Buenas,
no es casualidad que la fiesta de la Inmaculada se sitúe dentro del Adviento. Pues cuando Dios quiere venir a compartir nuestra vida, el Padre se encarga de hacer los preparativos, y lo primero que prepara es a la Madre, a María. Era una joven nazarena, de una familia modesta. En ella no hay ningún título que destaque, pero había sido preparada para la misión más importante desde toda la eternidad. Sus cualidades son innumerables, pero pueden resumirse en la humildad y la disponibilidad. El hijo de Dios será introducido en el templo más hermoso que hemos conocido. Un templo construido por las manos de Dios, y que se llama María.
Alégrate, María, la llena de gracia: el Señor está contigo. Has encontrado la simpatía de Dios y has concebido en tu seno a Jesús, Hijo del Altísimo. El Espíritu Santo ha descendido sobre ti y su poder te ha cubierto con su sombra; por eso el niño santo que nace de ti es Hijo de Dios.
¡Bendita eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre! ¡Dichosa tú por haber creído que se cumplirían todas las promesas de Dios! ¡Realmente para él nada es imposible!
El Poderoso ha hecho grandes obras en ti: ¡Santo es su Nombre! El Señor Dios te ha bendecido más que a todas las mujeres de la tierra; por eso tu alabanza estará siempre en la boca de todos. A través de ti la misericordia de nuestro Dios ha venido a visitarnos, cual sol naciente, iluminando a los que vivimos en tinieblas, para guiar nuestros pasos por el sendero de la paz.
Bendita seas, María, pues de ti ha salido el sol de justicia, ¡aleluya! De ti, por obra del Espíritu Santo, ha nacido Jesús, el Cristo, el Dios-con-nosotros. Canta, llena de gozo, hija de Sión, pues el Todopoderoso ha venido a habitar dentro de ti. ¡De ti, mujer, en la plenitud de los tiempos, nació Jesús! Bendita seas por habernos dado al que permanece siempre el mismo hoy como ayer y por toda la eternidad.
A pesar de tu grandeza, enséñanos a aceptarte y tratarte como eras en tu vida mortal, como la sencilla esposa del carpintero, vecina conocida de todos, mujer de pueblo, que enviudó aún joven, y no pudo dar estudios especiales a su hijo.
Enséñanos a ser, como tú, servidores del Señor, dispuestos siempre a cumplir su voluntad. Quisiéramos, como los pastores, ir apresuradamente a tu presencia para que nos muestres a tu hijo y nos hables de sus maravillas. Cuéntanos lo que el Todopoderoso ha hecho por tu medio. Como los Magos, guiados por la estrella, quisiéramos poder entrar en tu casa para ver al niño en tus brazos, arrodillarnos ante él y adorarlo; y después abrir nuestros cofres para ofrecerle nuestro oro, nuestro incienso y nuestra mirra.
Que tu visita y tu saludo nos haga presente de tal modo a Jesús que saltemos de gozo en lo más íntimo de nuestro ser y quedemos llenos de su Espíritu. Enséñanos a proclamar la grandeza del Señor y a alegrar nuestro espíritu en Dios nuestro Salvador. Que, como Jesús, bajo tus cuidados maternos, según avanzamos en edad, crezcamos también en sabiduría y en gracia, ante Dios y ante los hombres.
Que, como tú, sepamos ver, agradecidos, la mano de Dios cuando deshace los planes de los soberbios, derriba a los poderosos de sus tronos y exalta a los humildes; cuando colma de bienes a los hambrientos y despide a los ricos con las manos vacías.
Enséñanos, María, a guardar en nuestro corazón toda la vida de Jesús y volver a meditarla con frecuencia en nuestro interior. Que aunque a veces, como tú, no comprendamos las respuestas de Jesús, sepamos mantenernos siempre emocionados ante él.
¡Feliz fiesta de la Inmaculada!
Lectura del santo evangelio según san Lucas 1, 26-38
En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María.
El ángel, entrando en su presencia, dijo:
«Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo».
Ella se turbó grandemente ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquel.
El ángel le dijo:
«No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin».
Y María dijo al ángel:
«¿Cómo será eso, pues no conozco varón?».
El ángel le contestó:
«El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios. También tu pariente Isabel ha concebido un hijo en su vejez, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, “porque para Dios nada hay imposible”».
María contestó:
«He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra».
Y el ángel se retiró.
Palabra del Señor

