“No convirtáis en un mercado la casa de mi Padre”
Buenas,
este domingo tercero de Cuaresma, la liturgia nos trae a través de las diversas lecturas, la llamada personal que el Señor nos hace a cada uno. El Señor no quiere que adoremos a falsos dioses, nos quiere para Él. Es un Dios que anhela estar con cada uno de nosotros. Y reflejado en su hijo, es un Dios al que le duele el desprecio de los hombres, al que le duelen nuestras superficialidades y trivialidades. El episodio de los mercaderes es un reflejo de cómo comercializamos y dejamos que predominen nuestros intereses y egoísmos y cómo nos olvidamos del mismo Dios en la casa común que nos ha dado.
Cuáles son nuestros falsos dioses? A qué damos prioridad en nuestra vida? Porque nos puede pasar como a los mercaderes que profanamos el templo de nuestra persona alejándonos de Dios expulsándolo de nuestra vida. Profanando su presencia en nuestra vida y la de otros. Jesús habla del templo de su cuerpo y ese templo somos también cada uno, por eso todo lo que hagamos a los demás también se lo hacemos a Jesús.
Vivamos esta Cuaresma como un tiempo de Purificación y conversión que nos lleve a la Pascua en nuestra vida.
Se acercaba la Pascua de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo: «Quitad esto de aquí; no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre.»
Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: «El celo de tu casa me devora.»
Entonces intervinieron los judíos y le preguntaron: «¿Qué signos nos muestras para obrar así?»
Jesús contestó: «Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.»
Los judíos replicaron: «Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?»
Pero él hablaba del templo de su cuerpo. Y, cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y dieron fe a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús.
Mientras estaba en Jerusalén por las fiestas de Pascua, muchos creyeron en su nombre, viendo los signos que hacía; pero Jesús no se confiaba con ellos, porque los conocía a todos y no necesitaba el testimonio de nadie sobre un hombre, porque él sabía lo que hay dentro de cada hombre.

