Hace dos años, el Papa Francisco nos convocó a todos los jóvenes del mundo para participar en el Jubileo en Roma, y este año, con gran alegría, fuimos recibidos por el Papa León XIV. Llegamos con una gran ilusión, y allí descubrimos una Iglesia más viva que nunca, capaz de reunir y hacer vibrar a jóvenes de todos los rincones del planeta.
Para mí, fue una experiencia muy enriquecedora, sobre todo porque fui acompañada por el movimiento Cerca Joven, y junto a colegios de Madrid, Barcelona, el País Vasco y también de Córdoba: Santa Victoria y Calasancio, nos sentimos muy arropados por la Comunidad Escolapia, quien nos abrió sus puertas literalmente, pudiendo visitar la casa general en Roma de las Escolapias y los Escolapios. Fue muy especial poder compartir juntos el espíritu que San José de Calasanz y Santa Paula Montal transmitieron y que nos guia en nuestro camino hacia la santidad.
En este año de gracia, tuve la oportunidad de obtener la indulgencia plenaria mediante el sacramento de la confesión, la participación en la Eucaristía y el paso por las Puertas Santas, que se abren únicamente cada 25 años. Fue un regalo inmenso para mi fe.
Regreso a casa con las “pilas espirituales” cargadas y la mochila repleta de recuerdos. Todo el cansancio propio de esos días tan intensos ha merecido la pena, porque a cambio he vivido un encuentro inmenso con el Señor. Aunque sé que la rutina puede intentar diluir lo experimentado, confío en que el mismo Dios que me habló y se hizo presente en Roma sigue presente cada día: en mi trabajo, en mi grupo de amigos, en mi comunidad…
Lo que vivimos no fue un paréntesis, sino un envío. Una oportunidad para regresar distintos, más vivos… y más Iglesia.
Patri García Alvarez

